Posteado por: Cabaret en: Febrero 15, 2008
Por ejemplo.
Digamos que nosotros somos dos en lugar de uno. Dos en uno, como muchos anuncios.
Uno seríamos la mente, el cuerpo, las sensaciones, los sentimientos… y el otro… ¿qué podría ser lo otro?
Para responder a esta pregunta podríamos evocar cómo éramos cuando teníamos cinco años. Pensar en un recuerdo y revivirlo. Después recordar otro momento de nuestra vida de la adolescencia, la juventud y de hace un par de días. Es evidente que hemos cambiado: pensamos de otro modo, vestimos de manera distinta, más acorde al cuerpo que hemos ido desarrollando, sentimos otras cosas… Sin embargo, algo latente se repite en la memoria. Ese algo que nos dice que somos nosotros los de cada situación vivida. Esa esencia que también en este momento en que leéis esto existe. Ese sería el otro yo. Más una experiencia que se percibe, que un pensamiento. Ni siquiera una sensación, aunque pueda resultar parecida.
Al primero podemos llamarle ego. ¿Por qué no? El ego es la parte con la que más nos relacionamos cada día: nuestras ideas, principios, sentimientos. Esa personalidad que tanto trabajo nos ha costado forjar diferente, fuerte, segura, ¿apacible? Nuestra identidad. Al menos hasta hoy.
El otro yo lo llamaremos el Ser y aunque no tengamos muy claro que es, quizás podamos ir conociéndolo desmontando la realidad humana que hemos estado creyendo tanto tiempo.
Esta teoría, que evidentemente no me la invento yo, la conoció de manera accidental e inesperada un tipo apellidado Tolle al que le pasó lo siguiente:
“Hasta los treinta años viví en un estado de ansiedad casi constante, salpicado ocasionalmente por periodos de depresión suicida. Lo más aborrecible de todo, en cualquier caso, era mi propia existencia. ¿Para qué continuar con está lucha interminable? No puedo seguir viviendo conmigo. Este era el pensamiento que se repetía en mi mente una y otra vez. Entonces de repente me di cuenta de que era un pensamiento muy peculiar. ¿Soy uno o dos? Si no puedo vivir conmigo, debe haber dos yoes: el ‘yo’ y el ‘conmigo’ con el que ‘yo’ ya no puedo vivir. Quizás sólo uno de ellos sea real. Esta curiosa reflexión me dejó tan perplejo que mi mente se paró. Estaba plenamente consciente, pero no tenía pensamientos. Entonces me sentí absorbido por lo que parecía ser un vórtice de energía. Podía sentirme absorbido dentro de un vacío. De repente dejé de sentir miedo y me dejé llevar. No recuerdo lo que ocurrió a continuación.
Fue varios años más tarde, después de haber leído textos espirituales y de haber estado con profesores espirituales, cuando me di cuenta de que me había ocurrido lo que todo el mundo estaba buscando. La intensa presión del sufrimiento de aquella noche debía de haber obligado a mi conciencia a retirarse de su identificación con mi yo desgraciado y tremendamente temeroso, que en último término es una ficción mental. Mi falso yo sufriente se derrumbó inmediatamente. Lo que quedó era mi verdadera naturaleza, el Yo Soy siempre presente”.
El próximo día os cuento más…
La verdad que en filosofía todo está inventado. A mí esto me suena más bien a Freud, pero desde un punto de vista más filosófico. Ese “vórtice de energía” se parece a lo que Freud llamaba “id”…Demasiado complejo el tema, y aún no me he comido el cruasán…
Saludos.
No estoy de acuerdo con la frase “en filosofía todo está inventado”. Todo lo contrario. Por ejemplo, ante la situación actual del ser humano occidental se necesita una filosofía innovadora que nos ilumine. Desde Sartre, no ha habido nada interesante y eso se nota.
Un saludo
Febrero 16, 2008 a 10:22 am
Mmm… pues todo eso me suena a Heráclito, ¿no?
) Heráclito decía que uno no puede bañarse dos veces en el mismo río, porque tanto el río como la persona habrían cambiado la segunda vez (por ejemplo, el río fluye sin parar, por lo que no nos bañaríamos dos veces en las mismas aguas)
Si no recuerdo mal (y si no ahí está la wikipedia
Sin embargo, hay al menos una cosa que permanece: el cauce del río, el río en sí… que sería ese “algo” inmutable que siempre está ahí.
Lo que cambia es el devenir (mi forma de pensar y ver el mundo con 5, 20, 33 años), lo que permanece, el ser (o sea, “yo”)
Vamos, que la idea tiene ya sus años