Posteado por: Cabaret en: Enero 2, 2008
Dos de enero y llueve. Llueve más de lo que pensé según las predicciones del tiempo. La casa está templada y Antony and the Johnsons me acompaña con su melodía en esta mañana de un nuevo año de números redondos.
He pasado tres días cerca de Capileria en una aldea abandonada con tan sólo dos casas habitables y disponibles únicamente para los trabajadores de Sevillana. La central eléctrica de Poqueira duerme al final de un camino de tierra de un par de kilómetros, perpetua como las nieves del Mulhacén que la espían algunos metros más arriba. Un lugar solitario y aislado donde el tiempo deja de importar y las horas se estiran o encogen según convenga. Un espacio natural invadido de ruidos casi extraños para el hombre de ciudad, acostumbrado al crujir de cristales en el suelo, las bocinas de los coches o el bullicio de los cafés. Rodeada de montaña, la calma contenida en una taza de café caliente, entre la humedad de las rocas y el rumor del río. Mi propio sonido llamándome y yo sin saber qué decirle.
Doce campanadas retransmitidas por radio en una madrugada helada al amparo de millones de estrellas despiertas y repletas de deseos. Doce uvas de lata, pequeñas, peladas, prefabricadas y feas que me he tragado a oscuras, en lo alto de un puente, con una cámara de vídeo en el suelo grabando en negro la algarabía de las diez personas que despediamos el año y brindábamos con champán sin vernos las caras.
Ya 2008.
Suena Ane Brun
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